Entonces ella comprendió que toda esa barbaridad de dibujos, fotografías, libros, y estupideces para sentirse especial no valían nada realmente. ¿Cual era esa gracia de responder a un sensacionalismo ajeno, si no era capaz de controlar sus propios impulsos? Y se percató, que todas sus metáforas de pájaros, bichos, vórtices y abismos. Eran nada.
Era una pobrecita mortal.
Era una pobrecita mortal.
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