viernes, 27 de julio de 2012

Mirábamos las olas del mar, las dos rotas. Fragmentos de recuerdos.



Unas luciérnagas volaban cerca de nuestras narices, casi acariciándolas mientras las palabras escapaban de nuestra boca en diferentes tamaños, grandes, negra, cursiva, pequeña, susurros.
Nos acercamos en silencio como si fuésemos cómplices, mientras arrancábamos la arena de la tierra como los seres malignos que somos por naturaleza. Y cada paso era un suspiro melancólico. Ambas mirábamos hacia adentro, hacia atrás. Y escuchábamos las gaviotas desgarrarse al volar.
Pateábamos la arena, como también pateábamos la vida.
Miré en silencio su rostro, viéndolo milenario, tenaz, quebrado.
-Una isla desolada dónde estar sola- dijo
-Deberías aferrarte a algo- contesté como una basura creyendo que aquello es fácil.
-Aferrarse a algo es arriesgarse demasiado, por eso en el momento más necesario quizás lo haga. Ya sabes, como me aferre a Martin. Lo necesitaba, y él me necesitaba. - Respondió firme como quién está intentando aprobar un examen, mientras los golpes de las olas se hacían más fuertes, provocando que aquello fuese difícil captar por los oídos.
¿Qué importaba? Lo tenía claro.
-Y al final… el sólo termino aferrado a ti. Lo dejaste. –
-Nada es para siempre, sólo lo qué uno tiene que aprender a vivir, mis demonios, tus enfermedad, nuestro existencialismo, eso es lo único que no se acaba. Ni muertas-

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