Ella estaba sentada observando las cien mil caras que pasaban como constelaciones fugaces. Ella creía que bailaba con las estrellas y los planetas, mirando desde la ventana de una nave espacial que se reducía a la simplicidad de la significación de una cosa: una vibra atrapada de él en un trozo de tela. La complejidad de la esencia impregnada en algo tan simple como un abrigo hacía comprender el poder de las sensaciones y el porque el ser humano deseaba tanto el sentir. No era una explicación de Nietzsche o de Schopenhauer lo que la tenía así. La respuesta era más simple que el lenguaje mismo, al mover sus pies cortos mezclado con el aroma de la persona que se asomaba a su nariz, como si fuese humo de cigarrillo pero el caso era al contrario: era el aroma de los recuerdos del presente.
Sentada en la plaza, hundía sus manos en los bolsillos y se lo guardaba para ella.
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