Era inevitable. Cuando escuchaba a los demás, su mente se
reducía a los infiernos que se habían tejido entre líneas; la unión estaba
hecha entre ellos. Y sabía a la
perfección que no había vuelta atrás. Los
saunas interiores que causaban un efecto explosivo entre sofocación y placer de cada personaje daban volteretas alrededor
de ella, estaba en el sillón intentando no irse lejos en el universo que tenía
en la cabeza pero el motor de la nave
espacial comenzaba a crear el barullo del que tanto escapaba: ¿Hasta qué punto
puede consumirte el vórtice ajeno? Temía, y su pierna acelerada la delataba. Impulsos nerviosos, impulsos cerebrales. Ella
tenía ciertos puntos que descuartizaba
lentamente en su mente. La duda pese a
mostrarse profunda, tenía ciertos rasgos
de superficialidad que se intentaban aclarar a la fuerza para sentirse segura. Pero, ¡Era imposible! Ella veía que en cada punto de su vida se
acobardaba y huía por un egoísmo innecesario,
siempre corría de las manos que le ofrecían ayuda, cariño. Y ahora
estaba corriendo de un paso que podía guiarla a la inestabilidad que tanto
amaba. Se sentía atrapada por las confusiones de las funciones que se
presentaban en esos mismos momentos a sus pupilas, no era fácil aceptar el repentino cambio de
las posibilidades. Tener la posibilidad de ir a un Manantial, es
completamente fuerte y repulsivo a tener la opción de aceptar un Infierno.
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